jueves, 3 de abril de 2014

El embajador que tampoco era

La primera parte de esta historia la publiqué como "El embajador que no era", y aunque ahora hablemos de otro embajador, este tampoco será. 
Imagen del duque de Frías. Fuente: wikicommons

D. Bernardino Fernández de Velasco y Benavides (Madrid, 1783-1851), duque de Frías, era Grande de España, como se suele decir, “por los cuatro costados”. Masón y liberal de raigambre, resultaba perfecto para representar al Reino en la gran potencia de la época. Nombrado embajador en Londres en el mes de marzo de 1820, tampoco es que se estrese demasiado, porque no apareció por Londres hasta el 12 de junio, siendo recibido oficialmente en St. James tres días después.

Entre uno que se fue (el duque de San Carlos, protagonista del otro post) y otro que todavía no llegaba, estuvo al frente de la embajada el Encargado de Negocios, D. Santiago Usoz y Mozi, nacido en Madrid en 1781 y muerto posiblemente en 1851. Era este señor «de costumbres espartanas, conducta irreprochable y arraigadas convicciones católicas» (Vilar, Mar (2004): Docentes, traductores e intérpretes de la lengua inglesa en la España del siglo XIX. Juan Calderón, los hermanos Usoz y Pascual de Gayangos. Murcia: Universidad). Este mismo año fue nombrado D. Santiago tutor de sus sobrinos. Uno de esos sobrinos, D. Santiago de Usoz y Rio (1815-1878) fue catedrático de griego en Compostela y Salamanca, y traductor de inglés.

Pero volvamos al nuevo embajador en Londres, al liberal duque de Frías. Iba ya por el segundo matrimonio, con D.ª María de la Piedad Roca de Togores. Una mujer que, al morir en 1830, tuvo una conocida “poética corona fúnebre”. ¿Por qué? Bueno, este duque de Frías era un hombre sofisticado y multitarea: además de noble, político y diplomático, era poeta y amigo de poetas.

Bajo los auspicios de Castlereagh, Frías trató con D. Francisco Antonio Zea, el diplomático colombiano, a ver cómo se arreglaba el desaguisado colonial. Fue en septiembre de 1820 cuando se produjo el primer contacto oficial entre Zea y Frías. Se realizó un intento de reconciliación con los rebeldes americanos. Zea le presentó su “Plan” de reconciliación.

Cuando Lisa Kleypas pone un embajador español en Londres en su novela "Cuando tú llegaste", se inventa un tal “Álvarez” que no se corresponde ni de lejos con el auténtico del momento: el duque de Frías. Entre otras cosas, porque ni estaba gordo ni lucía bigote. No he visto que Goya lo retratara, pero en wikicommons sí que la imagen que preside estas líneas.

La escritora muestra así su prudencia. Este señor tendrá sucesores, al menos al título, y no ha de ofenderse gratuitamente a nadie. Repito: normalmente, la romántica histórica no pretende reconstruir la época con la mayor parte de datos posibles. El efecto que produce, al menos a quienes nos gusta algo la historia, es de extrañeza. Pondré un ejemplo para que se vea lo que quiero decir. Imaginemos que me invento a un general inglés llamado Coldfeet que derrotó a Napoleón en la batalla de Waterloo. Lo pongo en la posición que, en realidad, desempeñó el duque de Wellington, y le añado todos los tópicos de caballero inglés (aunque él era más bien irlandés) imaginables. Resulta admisible, sí; y comprensible, claro. Pero también extraño y te pone en evidencia que no estás realmente ante una novela histórica, sino una “fantasía pseudo-histórica” propia de la romántica.

"Coldfeet" pintado por Lawrence.
No digo que el duque de Frías no tuviera entretenimientos sociales, o que no visitara clubes en su estacia en Londres. No tengo ni idea. Es sólo que me cuesta imaginar a este diplomático, poeta lírico y miembro de la Academia de la Lengua como un rijoso torpón y babeante.

También es interesante la figura del enviado colombiano, el Sr. Zea. Otro personaje hijo de la Ilustración: botánico, independentista y diplomático.

La naciente república de Colombia lo envió de embajador a Europa por ser persona allí conocida. Un poco como ocurrió cuando los Estados Unidos enviaron a Europa a Franklin. Este Sr. Zea estuvo en Londres tratando, fundamentalmente, dos temas: uno, el de la deuda colombiana con acreedores ingleses, y otro, la independencia de las colonias.

No debieron quedar muy contentos los colombianos con su trabajo, porque le consideran el primer malversador de la República, “la mayor calamidad de la patria”. Lo cesaron en 1821. Este caballero prefirió quedarse en Europa. Murió en Bath, quizá tomando las aguas junto algún otro héroe o heroína de la época, en 1822.

Y el querido duque de Frías, ¿qué se fizo dél? Bien, este prohombre de la patria volvió, al cabo, a España. Siendo como es España, cuando volvió el absolutismo, le tocó su tiempo de exilio en Francia. Nihil novum. En el siglo XIX español, a poco liberal que uno fuera, pasaba la mitad de la vida en el gobierno y la otra mitad en el exilio. Tuvo un tercer matrimonio, en 1839, con Ana Jaspe.

Resumiendo: cuando Lisa Kleypas pone a un embajador español en el Londres de 1820, no es ninguno de los que realmente estuvieron allí, no se le parecen ni por el forro.
Los personajes históricos, es evidente, son más complejos que los clichés que aparecen en muchos libros de romántica. Por eso, en las ediciones en inglés se incluyen cláusulas disclaimers (“de descargo”) como la siguiente, que tomo de mi edición 2010 de “Love in the afternoon”: “This is a work of fiction. All of the characters, organizations, and events portrayed in this novel are either products of the author’s imagination or are used fictitiously”, que en román paladino quiere decir:

                    “Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, organizaciones y acontecimientos representados en esta novela son o bien productos de la imaginación de la autora o se usan ficticiamente”.

Pues eso, que no le pidamos peras al olmo. Normalmente, con pocas y maravillosas excepciones, la novela romántica histórica con suerte tiene mucho de romántica y poquito de histórica.
Disclaimer propio: Muchas gracias de nuevo a internet, la wikipedia y googlebooks. Y especialmente al libro “Utopía y atopía de la Hispanidad”, de J. Alberto Navas Sierra.

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