domingo, 12 de marzo de 2017

Crítica: “La entrevista”, de Sandra Brown


Plaza & Janés, 1996
Diseño de la portada: Joan Batallé
Fotografía de la portada: Josep Coronilla

Tópico harlequinero: segunda oportunidad en el amor.


DATOS GENERALES
Título original: Prime Time
Subgénero: contemporánea/Genérica
Fecha de publicación original en inglés: junio de 1983
Serie: Candlelight Ecstacy Romance (CER) – 151
Pseudónimo: Rachel Ryan

SINOPSIS (de la contraportada)
La muerte de su esposo, corresponsal de guerra, y su profesión de reportera de una cadena de televisión han convertido a Andrea Malone en una mujer dura e implacable. Ahora, cuando lucha por alcanzar la cumbre de su carrera, su jefe le ofrece la posibilidad de conseguir un éxito sin precedentes mediante una entrevista exclusiva con el anciano general Ratcliff, que desde hace años vive recluido misteriosamente en su rancho de Texas.
Sin embargo, la atractiva Andrea no cuenta con que Lyon Ratcliff, el apuesto e impetuoso hijo del general y celoso guardián de la intimidad de éste, se interpondrá en su camino, y menos aún en su vida, despertando a la mujer tierna y sensible que se esconde en lo más profundo de su corazón…
Una intensa y conmovedora novela romántica ambientada en el duro mundo de la televisión, donde la lucha por obtener la máxima audiencia muchas veces destroza esperanza, ilusiones e incluso vidas.
¿Entra dentro de “Lo mejor de la novela romántica”?
No, la verdad, pero es una de mis favoritas de las novelitas estas tipo harlequín que Sandra Brown escribió en los años ochenta.

CRÍTICA
Creo que ya he mencionado aquí que a principios de su carrera, cuando escribía estas novelitas cortas, Sandra Brown utilizaba diversos pseudónimos. Variaba según el sello editorial o la línea para la que trabajaba. Para Candlelight Ecstacy Romance, de la editorial Dell,  escribió algunas de las novelas que ya he comentado por aquí, como Love's Encore (agosto 1981), Love Beyond Reason (Cita con el destino, noviembre 1981), Eloquent Silence (Romance silencioso, agosto 1982),… En este sello también hizo sus pinitos Jayne Ann Krentz, con el seudónimo de Jayne Castle.
De todas estas “novelitas Candlelight”, creo que La entrevista es una de las mejores. Desde luego, cuando la compré y leí allá a finales de los noventa, en una edición de Plaza & Janés que en nada recordaba su origen harlequinero, me encantó.
La releí hace cinco años, para publicar crítica en El rincón de la novela romántica, y siguió gustándome. Ahora que la he vuelto a leer, me fijo más en esos comportamientos tan de machote de principios de los ochenta como lo de los “besos punitivos” y tal.
Pero, aún así, sigue siendo una lectura entretenida, y de las que merece la pena recuperar. Es rápida y fácil, así que no esperemos una de esas tramas retorcidas tan propias de la Sandra Brown posterior.
Como el formato no da mucho de sí, los personajes están desarrollados lo justo, aunque suficientemente bien caracterizados para resultar atractivos. Resultan cercanos y creíbles porque no son perfectos. Además, en ellos puedes ver prototipos que la autora desarrollaría posteriormente en sus novelas largas de suspense romántico.
Andrea es una periodista en busca de su oportunidad, en este caso, la entrevista con el último general de cinco estrellas que luchó en la Segunda Guerra Mundial y que se retiró abruptamente nada más terminar el conflicto bélico. Nunca ha querido ser entrevistado. ¿Tiene algo que ocultar?
Prefigura a otras periodistas intrépidas brownianas, como las de Imagen en el espejo o La exclusiva. Decididas, con buena imagen, pero siempre al borde del hundimiento profesional si la pifian.
Lyon Ratcliff es tu millonario tejano, rico pero que aparentemente se inclina por las vacas y el rancho, un vaquero al que casi te imaginas con botas y Stetson hasta en la cama. Musculado, moreno de ojos grises, hombre de una pieza y de palabras bruscas. Con sus razones personales para desconfiar de las mujeres. De nuevo, es el prototipo del que es fácil imaginar un desarrollo posterior en personajes como el protagonista de Imagen en el espejo.
El argumento tiene suficiente intriga como para impulsarte a seguir leyendo, a ver en qué para la cosa. Te preguntas por qué este militar no concede entrevistas, qué ha podido pasar para que su hijo quiera protegerlo.
O, quizá, en realidad no haya nada de nada, que es lo que espera Andrea, porque no tiene ganas de problemas, especialmente desde que le echa el ojo al hijo y se estremece al verlo y de repente lo de lograr una exclusiva que arrase en Prime Time es lo de menos.
El la admira con una intensa mirada cargada de sensualidad:

… Como diciéndole: “Sí, he oído hablar de la igualdad de sexos, y me parece muy bien. Pero ahora te estoy mirando y pensando en ti sólo como objeto sexual, y no puedes hacer nada para impedirlo”.

Sí, machista que te pasas pero como el tipo está rebueno, hasta lo disculpas. (¿Qué, dónde andan las gafas violetas ahora? ¡Qué vergüenza…!) En cuanto Lyon descubre que bajo esa atractiva melena castaño dorada se esconde la cabecita de una calculadora periodista, el entusiasmo se le enfría un poco. Las chispas están aseguradas. Y la tensión sexual, también.
Aunque hay un montón de detalles que deberían hacer sospechar a Andy que hay algún secreto en la reclusión del general, la verdad es que no se comporta de forma incisiva con él. Parece más preocupada por su salud. Y por Lyon. Está claro que su trabajo ya no la apasiona como antes, lo del “feroz instinto periodista” se la trae al pairo.
Se dedica más bien a examinar su vida a ver si realmente está haciendo lo que quiere.
Lyon, que en principio era receloso de todo y especialmente de las mujeres, aprende a confiar en Andrea. Todas las actitudes que podrían parecer machistas tienen su lógica en el contexto de la novela: la sobreprotección a su padre, la desconfianza hacia las mujeres, los celos cuando Andrea tiene un par de escenitas un poco inadecuadas con su jefe-compañero-amigo Lex.
Son una de esas novelas de segundas oportunidades por la sencilla razón de que Lyon está divorciado (su mujer se aburría mirando las vacas del rancho) y Andrea es viuda (su esposo es un reportero que falleció cuando fue a cubrir un terremoto). No fueron matrimonios felices, ninguno.
Su relación amorosa muy sensual y tierna. La recta final del libro es una auténtica montaña rusa de ahora estamos bien… me has traicionado… me voy… vuelvo… nos reconciliamos… ¿final feliz?… nuevos recelos… vete a la porra… y…
La declaración final es una de esas “con público” que tanto gustan en las novelas románticas contemporáneas made in USA y que a mí me hace rechinar los dientes… el 99% de las veces. Aquí, sin embargo, me resultó francamente divertida, y es ese 1% en el que verdaderamente funciona. Como ver un poco a Cary Grant haciendo el payaso, y Katherine Hepburn (bueno, o Rosalind Russell, ya que va de periodistas) intentando hacerse la dura. De verdad, solo por esa escena merece la pena.
En resumen, es una de esas pocas novelitas genéricas que escribió Sandra Brown a principios de los ochenta que se puede seguir leyendo ahora con satisfacción. Si le das una oportunidad, creo que no lo lamentarás.
Valoración personal: muy aceptable, 3

Se la recomendaría a: los aficionados a las novelas sencillas, pero sexis, con excusa periodística de por medio.

Otras críticas de la novela:
En español, hay tres críticas en El Rincón de la Novela Romántica, entre ellas una que hice hace un lustro.
En el foro Romántica y Misterio hablan un poco de ella, pero está claro que no entusiasmó demasiado.
Ya he dicho que de estas cosas viejunas no suelo encontrar otra cosa más que Good Reads, así que os dejo enlace a esa página.
Si alguien conoce otra crítica, en español o inglés, de esta novela, as per usual, siéntase libre de ligarla abajo.

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