Un final feliz. Ese es el único
contrato que se firma entre autor y lector de novela romántica.
Más allá de eso, la
imaginación es el límite.
Lo mismito ocurre
con la novela negra: tiene que haber un misterio, pero aparte de eso, puedes
construir la historia como quieras. Poco tienen en común los tipos, ambientes,
argumentos y estilo de Andrea Camilleri,
Henning Mankell, Agatha Christie o Dashiell
Hammett.
Sólo amor y un final feliz.
Si no hay final
feliz, no es de este género. Una historia amorosa puede ser muy romántica y
acabar mal, como Romeo y Julieta, o Pablo y Virginia de Bernardin de Saint-Pierre (aunque en España se hizo alguna versión
teatral con final feliz). O más recientemente, sin salir de la ficción
comercial, cosas como Palmeras en la
nieve, Bajo la misma estrella o Yo antes de Ti. Tendrán historia de amor
dentro, serán arrebatadas, apasionadas,… lo que quieras. Pero no son “novela
romántica”.
Amor + final feliz.
El resto de
características que los críticos achacan al género (estereotipos, superficialidad,
machismo, reiteración de las tramas) se darán en muchas novelas, pero no en
todas. Igual que en cualquier otra novela de género, como la ciencia ficción o
la novela negra. Las hay buenas, malas y regulares, y unas poquitas que se
siguen leyendo años después.
Y en muchas, las princesas no son boludas, hacen (sobradamente)
su parte.
A mí me gusta
compararlo con la música. De Monteverdi para acá se han compuesto miles de
óperas, muchas refritos de otras anteriores (literalmente: los autores se
plagiaban a sí mismos) y más de una tan coyunturales (para celebrar unas bodas
reales o una coronación) que no se les pasaba por el magín que se pudieran representar
doscientos años después. ¿Qué queda en el repertorio? Un puñado escaso. Se
calcula que las óperas que se representan con regularidad no pasan del centenar.
Durante gran parte
de su historia, el final feliz era requisito de la ópera. He llegado a ver
óperas barrocas en las que el mito de Orfeo y Eurídice acaba bien. La necesidad
de matar a la heroína es muy del XIX.
Cuando vas a un
concierto, ya conoces la pieza, por haberla escuchado cien veces. Sabes lo que
vas a oír, pero no cómo lo van a interpretar. ¿Un desastre? ¿Una maravilla? En
realidad, lo único seguro es que será único.
Lo mismo con la
romántica: sabes que los amantes acabarán juntos y vivos. Pero el camino hasta
ahí será maravilloso o mediocre o infumable.
Juntos + vivos = final feliz.
En productos
culturales como la música o la pintura se acepta casi cualquier manifestación,
aunque algunas se admita que son geniales y otras del montón. Se sabe sacar el
mérito (enorme o escaso) de cada cosa.
Pero eso no pasa
con los libros. No. Son un producto cultural distinto. Siempre me ha
sorprendido el veneno que muchos lanzan contra libros que no encajen con su
visión de lo literariamente correcto. Es un odio visceral y destructivo que –de
verdad- no he visto en otras ramas del arte. Si por ellos fuera, toda la novela
romántica, todos los superventas, los libros de ciencia ficción, la novela
negra y los thrillers deberían arder en la hoguera.
Podrían dirigir sus
ataques contra quienes no leen, por ejemplo.
O contra quienes
prefieren ir al fútbol los domingos.
O, mejor aún, que
no atacaran a nadie.
Que defiendan y
ensalcen lo suyo, que compartan lo que de bueno tienen “sus” libros con el
resto, sin despreciar a quienes –además- leemos otras cosas.
Quien no lee, no suele
atacar al lector de romántica. Sólo te va a despreciar el exquisito que sólo tiene
en sus baldas de Proust para arriba.
El mismo letraherido que protestó cuando a Pérez-Reverte
lo eligieron académico.
El Diccionario RAE
no define la novela romántica. No hay ninguna que encaje con el amplio espectro
de historias que las lectoras consideramos como “nuestras”. Lo más parecido es
el término “novela rosa”.
Novela
rosa.
f. Variedad de relato novelesco, cultivado en época moderna, con personajes y
ambientes muy convencionales, en el cual se narran las vicisitudes de dos
enamorados, cuyo amor triunfa frente a la adversidad.
Siempre me ha
sorprendido que otros tipos de novela se definan asépticamente por su contenido
y esta sea la única definición que incluye juicios de valor (convencionalismo
en personajes y ambientes). En esta definición simplemente no caben los estudios
psicológicos de una Laura Kinsale o
más modernamente de Courtney Milan,
ni todas esas novelas en las que la adversidad no amenaza el amor de los
protagonistas. Y excluye todo relato en el que los enamorados no sean dos.
Podría ser útil
este concepto de “novela rosa” como un subgénero más dentro de la romántica. En
España abarcaría obras como las de Carmen
de Icaza o Corín Tellado. Son
historias cortitas que a veces se escribían para revistas como novelas por
entregas. ¿En el ámbito anglosajón? Los Mills & Boon, Harlequin o
Silhouette de toda la vida. Su brevedad las hace centrarse en la relación
amorosa, con una gran economía de medios. Son las que yo llamo “genéricas”.
En ellas hay más de
una joya, pero en general son -por así decirlo- lo peor de lo peor. Muchas
lectoras de romántica que se meten entre pecho y espalda los novelones de Paullina Simmons o Diana Gabaldon, no tocarían un harlequín ni con la mirada. Pero hay
que respetar que, a veces, eso es justo lo que te apetece. Hay quien se
distrae con sus equivalentes del western. Zane
Grey, por ejemplo, ha llegado a ser autor de culto con novelitas del Oeste
de parecida técnica, estilo y extensión. Por no hablar del patrio Marcial Lafuente Estefanía. Sería
injusto no encontrarles ningún mérito.
Pero desde esta su
versión más humilde hasta las la más compleja y ambiciosa, todo es romántica.
Hasta el rabo, todo es toro. O sea, el final feliz. Si no, es que es otra cosa.
Historia amorosa + final feliz

