lunes, 9 de diciembre de 2024

Memorias (2): Seguimos con la histórica


 

El otro día comenté un poco mi historia personal con la romántica en estas cuatro décadas que llevo leyendo romántica. La histórica fue mi primer amor en el género, y siempre lo apreciaré como tal.

Pero, ¿qué es la histórica? Yo siempre digo que cualquier tipo de novela que haya en el resto de la narrativa comercial, tiene su equivalente en romántica.

La novela histórica es aquella que se ambienta en el pasado. Vaya, me he quedado calva diciendo esto. La cosa, sin embargo, no tan clara, ¿qué es el pasado? Pues depende de cada lector. 

Yo entiendo como pasado, o sea, historia, todo lo que pasó antes de mi nacimiento.

Advierto que hay dos cosas diferentes, una la novela histórica y otra la fantasía histórica. Ya lo he comentado alguna otra vez.

* La narrativa histórica te cuenta cómo pudieron ser las cosas.

* La fantasía histórica coge cuatro cosas y su verosimilitud es menos que cero. No pretenden ser realistas. 

Comparando con el cine, Oppenheimer sería histórico, Napoleón o Gladiator II, fantasía.

La mayor parte de novela romántica histórica es de este segundo tipo, sobre todo en las últimas décadas. Aunque nunca faltaron anacronismos, porque lo importante es el salseo, ahora es que ya no importa lo más mínimo. Lo políticamente correcto es crear una fantasía romántica.

 

Variedad

La histórica ha cambiado a lo largo del tiempo.

Por época

Eso es lo primero que diferenciaría en romántica histórica: en qué época se ambienta.

Al principio, allá por los setenta y ochenta, era todo muy medieval, generalmente con damiselas inglesas (o sajonas) asediadas por los bárbaros del norte (vikingos o normandos).

También hubo bastante del Sur de los EE. UU., antes, durante y después de la guerra de secesión. Esta línea no es muy apreciada hoy. Hay unos cuantos escollos en los que se estrellan irremediablemente los navíos de las autoras. Ahora sería imposible ambientar nada allí salvo algo tipo An extraordinary union (2017), de Alyssa Cole, que a mí me pareció un tanto aburridita.

Un subgénero por sí mismo son las del Oeste. El Western nace en el cine y se transfiere a la literatura pop, no solo en novelitas tipo Louis L’Amour, como las que aquí escribía Marcial Lafuente Estefanía. También se pasa a la romántica. Jo Goodman, Catherine Anderson o LaVyrle Spencer, Pamela Morsi o Maggie Osborne escribieron unas cuantas preciosidades en este subgénero. Obviamente, hoy en día es difícil ambientar nada en la colonización del Oeste americano que no sea problemático, por eso se cultiva poco y lo que se publica, no tiene demasiado eco.


 

Si hay una época que ha dominado estas últimas décadas, hasta el agotamiento, es la Regencia inglesa (1811-1820), nueve años que, en Romancelandia, parecen durar un siglo. Inspiradas por Georgette Heyer (aunque ellas y sus lectoras creerán que no, que esto viene de Jane Austen), se inventan una Inglaterra de pacotilla que jamás existió pero que da para infinidad de romance, amor y guerras napoleónicas.

Es pura ficción, un ideal romántico pleno de cosas bellas y agradables, de momentos ingeniosos, damiselas que valsean y caballeros que se suponen libertinos de mala fama a los que nunca ves hacer realmente nada malo porque en realidad, tienen su corazoncito y sólo esperaban a la jovencita virtuosa que los redimiera.

La representación perfecta de este ideal imaginario es Julia Quinn y sus novelas ligeritas y entretenidas, sin el menor sentido de la época. Tan pseudohistóricas como las de Garwood décadas antes.

A veces, las autoras dan un paso atrás y ambientan en la época georgiana, con los primeros Hannover. Un tiempo que se me antoja más desenfadado e irreverente, que yo siempre asocio a Tom Jones. La versión descarada y feliz la dan los Mallorens de Jo Beverley; la opción más seria y truculenta, aunque supersexi, Maiden Lane de Hoyt.

Otras veces, las escritoras dan un pasito adelante, y se van a la era victoriana, pero siempre en el Reino Unido.

Es más raro que visiten otros tiempos y lugares. La Antigüedad clásica les queda muy lejos, al menos a las anglosajonas. Solo he visto románticas de romanos en autoras europeas, como la alemana Sandra Schwab o la española África Ruh.

 

Inciso: ¿qué hay de lo nuestro?

Aprovecho la mención de esta autora para indicar las que más me gustan a mí, dentro de las autoras patrias de histórica. 


 

La primera que me convenció de que podía escribirse interesante histórica en español fue Mónica Peñalver, con La espada y la llama (2009).

La mejor autora en este género como en todos los demás que ha tocado es Marisa Sicilia, la que más de gusta en español y a la que dediqué uno de mis artículos de Favoritas. Sus libros son siempre excelentes, y como ha tocado todos los palos, también ha escrito históricas estupendas. Yo me quedaría con la que me parece más redonda de las suyas, El último baile (2017).

Otra autora de la que me he leído prácticamente todo lo que ha escrito es África Ruh, que escribe precioso y cortito, con ambientaciones cuidadas de verdad. Da gusto leerla.Por señalar una, Una sombra en la aljama (2017).

Añado otra autora más, competente e interesante, Elena Bargues. La playa del irlandés (2015) es una de las que más me gustó.

Cada una de estas autoras tienen su propio estilo, bien diferente. Si hay algo que tienen en común, me parece a mi, es que tienden a ambientar sus historias en España o, al menos, en escenarios diferentes a la trilladísima Regencia inglesa. Además, cuidan el producto, o sea, son de las que escriben bien en español, sin pegarle patadas al diccionario ni escupir a Cervantes a la cara.

Nuria Llop también me parece que tiene ambientación interesantísima, en el Siglo de Oro. Pero solo he leído un libro de ella, así que no puedo opinar mucho sobre ella.

 

Por tono

Un poco ya lo he comentado al hilo de mi experiencia personal, las hay que son ligeras y otras más pesadas. Las hay chispeantes (propias de una Loretta Chase) y otras de gran profundidad emocional (como las de Balogh).

Lisa Kleypas sabe combinar muchas veces las dos tendencias, unos héroes torturados, oscuros, vehementes, con muchachas más luminosas.


Nivel de sensualidad

En un principio, allá en los setenta-ochenta, había una o dos escenas eróticas y ya. Todas conocíamos un punto clásico, no sé si en torno al 30 %, en que aparecía una, y luego ya más adelante, en torno al 60 %, la otra. Muy florido todo, costaba imaginar a veces a qué se referían las turgencias, espadas, flores y pétalos, pero las leías y releías porque no había más. Y si te pillaba todavía virgen, era suficientemente hot.

La cosa se fue calentando progresivamente a lo largo de los años. Cada vez se fue metiendo más erotismo, todo se hizo más explícito, las heroínas se aventuraban, ¡caramba!, hasta el sexo oral. 


 

Ahora, salvo en las históricas religiosas, todo chorrea por todos lados, las heroínas pasan de ser virginales a la tríada vaginal-oral-anal sin pestañear. Autoras como Sarah MacLean, que por lo demás tiene talento de sobra y podría escribir las grandes novelas históricas de esta década con solo ser un poco más exigente consigo misma, menos complaciente,… en fin, que MacLean mete escena tras escena sin venir muy a cuento, porque sí, porque es lo que se lleva.

Así que puedes encontrar un poco de todo, también en cuanto a este aspecto.

Rara vez hay verosimilitud histórica en las relaciones físicas. Pocas veces cierras un libro y te dices que sí, que igual tus abuelos o tus bisabuelos se enamoraron así. Quizá en alguna de LaVyrle Spencer. No es que mi generación, o las posteriores, inventaran el sexo, no. Pero había otra forma de tomárselo, otra distancia, otra contención que hace luego todo mucho más apasionado. Sherry Thomas, quizá por venir de otra cultura, transmite esto fenomenal.

 

⭐⭐⭐⭐⭐ Mi lista ⭐⭐⭐⭐⭐

 

Un artículo mío no puede cerrarse sin una lista pero, ¿de qué? ¿De mis favoritas o de lo que la gente considera mejor?

Pues mirad, como me he decidido por el enfoque subjetivo, os pondré, sobre todo, las que a mí más me han gustado, algunas de mis novelas cinco estrellas.

Voy a intentar no poner más de una novela de la misma autora en el mismo período

 

 

1.ª década (1984-1993)

 

Kathleen Woodiwiss: Ashes in the wind / Cenizas al viento (1979) una muchacha con más capacidad para el disfraz que Mortadelo llena de amor y aventuras la primera mitad, luego la cosa se vuelve una especie de novela gótica. Ella lo publicó en el 79, pero yo lo leí en la traducción al español, en tapa dura, del Club Círculo de Lectores. 1984, el inicio de mi «vida romántica».



Lisa Gregory: The rainbow season / La estación del arcoiris (1979) Más o menos del Oeste, pasan cosas malas porque sí, la vida es así, y los finales felices te los tienes que currar.

LaVyrle Spencer: Morning glory / Maravilla (1989) ambientada en torno a la Segunda Guerra Mundial, repetimos: la vida puede ser muy perra y aun así, tener tu romance.

Jude Deveraux: A knight in shining armor / El caballero de la brillante armadura (1989) Montgomery/Taggert (por orden de publicación) #13, un viaje en el tiempo con uno de los finales más polémicos y controvertidos de romántica, ¿es o no es un happy ending?

Laura Kinsale: Flowers from the storm / Flores en latormenta (1992) No hay nadie que sufra más que los héroes de Kinsale, y si no, que se lo digan a este aristócrata encerrado en un cuerpo que ya no le responde, y encima tiene que aguantar a una cuáquera beata.

Pamela Morsi: Wild oats (1993) Wild Oats #1, una del Oeste deliciosa, una gozada.

 

2.ª década (1994-2003)

 

Lisa Kleypas: Dreaming of you / Sueño contigo (1994) Jugadores #2, ligera y terriblemente romántica porque, ains, Derek Craven.


Mary Jo Putney
: Shattered rainbows / Arco irisroto (1995) Ángeles caídos #5. Un amor apasionado e imposible en plena guerra y Waterloo de por medio.

Loretta Chase: Lord of Scoundrels / Abandonada a tuscaricias (1995) Canallas #3. Ligera, espumosa, mucho ingenio y universalmente apreciada.

Connie Brockway: As you desire / Amarte es mi destino (1997) Braxton #1. Ligera, entusiásticamente romántica y divertida y sexi, ambientada en el Egipto decimonónico.

Maggie Osborne: The promise of Jenny Jones (1997) Del Oeste, con una heroína decidida y leal a su palabra, dura como el granito y con su corazoncito.

Adele Ashworth: Winter garden / Un hombre que promete (2000) Winter Garden #1, una histórica de misterio y espías en la que aparentemente no pasa nada, todo muy agudo desde el punto de vista emocional.

 

3.ª década (2004-2013)

 

Sherry Thomas: Not quite a husband (2009) Los Marsden #3, uno de esos matrimonios mal avenidos tan propios de la autora, nos lleva a los vertiginosos valles del Himalaya.


Lisa Kleypas
: Love in the afternoon / Amor en la tarde (2010) Los Hathaway #5, empieza muy romántica, de modo epistolar, luego sigue con un héroe que sufre un PTSD de caballo después de la guerra de Crimea.

Cecilia Grant: A lady awakened / El despertar de una dama (2011) Familia Blackshear-Grant #1, a veces es hasta naturalista, recuerdo sobre todo la distancia, la inicial frialdad sexual entre los dos protagonistas.

Joanna Bourne: The Black Hawk (2011) Spymasters #4, o cómo Adrian y Justine lograron su final feliz, una pareja inolvidable, viva, apasionada, inteligentísima… espías en bandos contrarios durante las guerras napoleónicas.

Courtney Milan: The countess conspiracy / La conspiración de la condesa (2013) Hermanos Siniestros #3; romanticismo en el sentido más puro y desesperado. Lo de Sebastian y Violet es de otro mundo en su potente amor.

 

4.ª década (2014-2023)

 


Tessa Dare: Romancing the duke (2014) Castles Ever After #1, ligera y divertida con fanficción avant la lettre.

K. J. Charles: A seditious affair (2015) Society of Gentlemen #2, dos señoros opuestos —muy opuestos— en lo político y lo social, a los que les va el sexo duro sin miramientos, fuerte y hasta desgarrada. No pueden estar juntos y no pueden dejar de estarlo.

Cat Sebastian: The soldier’s scoundrel (2016) The Turners #1, otra histórica gay, con dos opuestos que se atraen, muy a su pesar.

Elizabeth Hoyt: Duke of pleasure (2016) Maiden Lane #11. Toda la serie merece la pena, pero aquí está que se sale. Histórica hot.

 

 

No me resisto a rematar el artículo con las novelas que, según mi base de datos, son las más apreciadas por el público en cada década. O sea, el público, no yo.

Años 1980: Pecado y virtud (1989) de Mary Jo Putney. Aquí, no obstante, hay un poco de truco. Porque The rake and the reformer, la versión de 1989, era un Regencia tradicional del sello Signet Regency Romance, la segunda de los Davenport. Luego la volvió a publicar como The rake, en 1998.

Años 1990: Abandonada a tus caricias (Lord of Scoundrels, 1995), de Loretta Chase.

Años 2000: El diablo en invierno (Devil in Winter, 2006), de Lisa Kleypas. Por razones que se me escapan, es el libro favorito de Kleypas para muchas lectoras. Para mí no es ni siquiera el que valoro más de Las florero, serie en que esta es la n.º 3.

Años 2010: Nueve reglas que romper para conquistar a un granuja (Nine rules to break when romancing a rake, 2010) de Sarah MacLean.

Años 2020: En busca de Cassandra (Chasing Cassandra, 2020) de Lisa Kleypas, Los Ravenel #6. No me cabe duda de que Kleypas es la reina de la romántica histórica.


sábado, 7 de diciembre de 2024

Memorias (1): En el principio, la histórica

         ¡Qué buena tarde de cabaña! –que decimos por aquí. Llueve lo que no está escrito. Hace frío, y viento (alerta en el litoral cántabro). Los 9º del lugar donde vivo se convierten fácilmente en nieve y cellisca más arriba, en las montañas. La primera nevada de la temporada, creo.

    Un buen momento para retomar mi blog con un toque nostálgico. Algo diferente.

    Mientras la lluvia golpea los cristales, inmisericorde, las luces del árbol brillan, las velas que tengo encendidas encima de la tele titilan entre los adornos navideños, ... y yo me dedico al recuerdo. 

    Desde hace años quiero escribir sobre los diferentes géneros de la novela romántica. Tenía una idea algo enciclopédica, casi académica, así que me desanimaba. Mucho trabajo. Y ni siquiera sé si tengo preparación o capacidad suficiente para algo tan «académico».


 

Así que, ¿por qué no intentar algo más limitado y subjetivo? Hablar de mí misma. O sea, contar mi historia como lectora de romántica.

Ya sabéis que me van las efemérides, los números redondos. Y justamente este año 2024 se cumplen CUARENTA AÑOS que llevo leyendo éste género.

Sí, así de vieja soy.

 

Old skool

 

El punto de arranque lo sitúo con la novela Cenizas al viento, de Kathleen Woodiwiss, algo que justamente conté aquí, en un reto RITA, el del año 2018.

Es obvio que la romántica histórica tenía antecedentes, historias ambientadas en otra época, con mujeres que conseguían su final feliz tras unas cuantas tribulaciones. Una de mis favoritas, Catalina: duquesa de Lancaster (Katherine, 1954), de Anya Seton, con 104 ediciones según Goodreads, en varios idiomas.

Pero el arranque de lo que hoy conocemos como novela romántica actual, o Novela Rosa 2.0 se sitúa, simbólicamente, en El Lobo y la Paloma, de Kathleen Woodiwiss (1972).

Eran novelones ambientados generalmente en la época medieval. Largas, intentando reconstruir un poco aquella época, pero siempre con una protagonista femenina que acaba superando los obstáculos para domar al varón feroz, algo misterioso, generalmente mayor que ella.

¿Qué añadían estas novelas que no había antes? Pues un poco de picante, el sexo, y mujeres que disfrutaban de él. Eso sí, en aquella época lo del consentimiento lo llevaban regulín. Se suele decir que, en estas historias, «la violación formaba parte del cortejo».

Se supone que las chicas buenas, aquellas heroínas virginales de ojos violeta, jamás tuvieron un pensamiento impuro. Así que, para obtener un orgasmo, se recurría a algo un poco retorcido, el mecanismo «tira palante»: ellas que no, ellos siguen adelante y ellas acaban disfrutando a su pesar. JAK lo llamaba, con bastante manga ancha, «seducción forzada».


 

No por nada se les llamaba bodice rippers, porque había muchos corpiños que rasgar violentamente para tener acceso a las cremosas turgencias de las heroínas…

Sí, el lenguaje era así, florido, con mucha palabrería, verbosidad al servicio de descripciones que intentaban no solo reconstruir épocas pasadas sino también hablar de sexo de maneras metafóricas tan rebuscadas que caían fácilmente en lo cursi.

Es la histórica old skool. Las novelas de autoras como Woodiwiss, Johanna Lindsey o Shirlee Busbee. 

Al final de los ochenta, surge la más literaria de las novelistas románticas que puedes situar en estas históricas antiguas, Laura Kinsale.

 

 

Nueva escuela

Si esa fue la vieja escuela, ¿cuál es la nueva?

Pues llega un momento en que la histórica se aligera, se vuelve menos tocho. ¿A quién le importan los anacronismos, si hemos venido por el salseo? Y si hay sexo, que sea explícito, alegre, no siempre forzado, queremos otra cosa.

Las heroínas siguen siendo pizpiretas, vírgenes (y de ojos violetas), pero tenían un aire más liviano. Son las que yo llamo pseudo-históricas de Julie Garwood, muy apreciadas.

En esta línea está la que yo considero más apreciada novelista de romántica histórica, Lisa Kleypas.


 

Aunque algunas de sus primeras novelas son densas y con carga histórica, bien pronto se lo sacudió y fue a lo que importa, el romance, la seducción, todo con bastante elegancia y humor.

A Kleypas la empecé a leer a finales de los noventa, me enganchó y ya no la dejé. El grueso de su producción lo he leído más en el siglo XXI. Es una de mis novelistas favoritas, sin duda.

Ojo, las autoras de la nueva escuela siguen ambientando en otra época, y manteniendo cierto esfuerzo por la verosimilitud histórica. Pero tampoco se documentaban en miles de libros para reconstruir al detalle la invasión normanda de la Gran Bretaña.

A esta época se corresponden grandes obras de autoras que venían de otro género, el Regencia tradicional, como Mary Jo Putney, Loretta Chase, Mary Balogh o Jo Beverley. Unas más intensas emocionalmente (Putney, Balogh), otras con más chispa humorística (Beverley, Chase).

Leí bastantes de estas autoras, y de Jude Deveraux y Jennifer Blake, autoras que hoy me suenan bastante olvidadas.


 

 

Novísima escuela

Ya en el siglo XXI, algo fue cambiando en histórica. Las heroínas ya no eran todas tan virginales (algunas ¡incluso no tenían ojos violeta!!, y te encuentras ¡¡hasta muchachas curvy!!), se planteaban cuestiones relacionadas a la clase social o la situación de la mujer. No todo eran bailes en salones londinenses y paseos en rosaledas a la luz de la Luna.

Fue un soplo de aire fresco que agradecí muchísimo.

Me enamoraron las novelas de Courtney Milan, de Cecilia Grant, Meredith Duran, Sherry Thomas… recuerdo aquellas novelas tan magníficas de la década de los dos mil y los dos mil diez y respiro hondo, perdida en mi melancolía.


 

¿Y qué decir de Joanna Bourne y sus espías? Encaja más en el misterio histórico, una rama del suspense, pero, de todas formas, qué histórica más sobresaliente.

O Elizabeth Hoyt y su estupenda serie Maiden Lane, en la que casi cada libro superaba al anterior.

¡Qué magníficas novelas!, ¡¡qué delicia era leer personajes adultos y complejos!! 

Otros atractivos: tramas más realistas relacionadas con el ambiente en que vivían aquellas personas, los desafíos que tenían como mujeres, o por la clase social, ¡qué maravilla!

Ma-ra-vi-lla.

La edad de oro de la romántica histórica, para mi gusto.

Y el sexo seguía siendo explícito, con sus momentos fríos, otros torpes, a veces el «mal sexo» es muy romántico porque ves el esfuerzo que se hace para mejorar como pareja. La mayor de las veces, sin embargo, era apasionado, hasta desafiante, con actos sexuales impensables para aquellas sílfides de los setenta.

 

¿Y ahora, cómo andamos?

Yo intento cosas actuales, pero no me enganchan. Más de una la he dejado al poco. Desde hace un tiempo, he arrojado la toalla. Creo que ya no leo histórica de menos de cinco años. 

Vuelvo la vista atrás a autoras como Tessa Dare, que en el pasado me pasó desapercibida, o rebusco en la bibliografía de Putney o Chase a ver qué me queda por leer. Libros que en el pasado me parecieron poca cosa frente a las joyitas de Kleypas o Sherry Thomas, ahora resplandecen.

Pero claro, estas muchachas ya no escriben, o se ha pasado a otros géneros.

Pensé que era solo cosa mía. Pero este mismo año leí, en All About Romance, me encontré con este comentario de Dabney Grinnan (04/10/2024 5:13 pm)

I am bereft not a one writes historical romance any more.

Se refería a Joanna Bourne, Sherry Thomas y Meredith Duran y dice que «está desolada que no haya ni una que escriba romance histórico nunca más».

Yo también estoy desolada, descorazonada y entristecida. 

Aunque voy más allá. No solo de que ellas, esas autoras de hogaño, no escriban histórica, sino de que nadie en absoluto escribe histórica. O, al menos, histórica de mi gusto. Lo más aplaudido de la romántica histórica este año parece ser Las mujeres de la guerra, de Kristin Hannah, un women's fiction ambientado en la guerra de Vietnam, que acaba de ganar el premio Goodreads en ficción histórica. Así que ya veis.

Que no digo que esté mal, ojo. Pero admitiréis que poco tiene que ver con Hoyt o Kleypas o Kinsale.

Personalmente, como sigue gustándome la romántica histórica, mi primer amor, tengo que buscar entre las autoras clásicas, las de toda la vida, a ver qué escribieron hace lustros que aún no he leído. 

Me fijo a ver qué novelas no leí en su momento porque me parecieron poca cosa. Ahora, por comparación, brillan.

De nuevo, para mí, en mi experiencia, esto es subjetivo, etc. etc.

Me diréis que sí, que se sigue escribiendo romántica histórica, y sí, tenéis razón. Pero son cosas insulsas, tan planchadas por el pensamiento políticamente correcto que carecen de garra e interés.

Historias débiles, tonos apagados, gris, gris, gris.

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Todo en ellas es anacrónico. No hacen el menor esfuerzo por la ambientación. Los protagonistas son trasunto de High School Musical o social justice warriors de hoy, disfrazados con vestiditos de época en unos decorados de cartón-piedra, todo más falso que una moneda de cuero.

Ellos suenan como si fueran «la mejor amiga de la protagonista», disfrazada con pantalones, botas hessianas y el cravat al cuello.

Ellas, como gretas sobreactuadas, airadas con la vida, molestas por todo y todos.

No me entendáis mal, no quiero que vuelvan los violadores a la romántica histórica. Estoy totalmente por el héroe beta, que sea apoyo de la heroína, que la respete, que esté por ella, pero no que sea un felpudo sin carácter. A mí eso no me parece atractivo. Repetiré esta idea más veces a lo largo de estas memorias románticas, lo sé.

Es uno de los motivos por los que leo mucha más novela gay. Ahí sigue habiendo tipos masculinos, fuertes, pero con su corazoncito, unos complicados y otros dotación básica, pero siempre naturales, protectores y recios, no tipos planitos cual lenguados.


Creo que lo que más salvaría de esta época es precisamente el romance histórico gay. Suele ser estupendo. Mira que es difícil, porque se ambienta en épocas en que relaciones homosexuales podía llevarte a la cárcel. Sus finales felices son imaginativos, ya que no pueden tener el broche tradicional de matrimonio e hijos. Pero demuestran que puede haber happy endings tremendamente románticos sin esos elementos.

 

¿Cuándo descarriló la romántica histórica?

Esta pregunta tiene trampa, porque es totalmente subjetiva. Habrá gente que piense que la romántica histórica no ha descarrilado.

O, si lo ha hecho, que no se puede vincular a algo en particular.

A continuación, voy a dar mi opinion, admitiendo que es algo de lo que tampoco tengo gran evidencia. Es solo un parecer.

Mi impresión es que el giro se dio en el año 2016, con la primera victoria electoral de Trump. Por lo que leí entonces, fue un trauma para buena parte de la blogosfera romántica, del que no se han recuperado. Al contrario, yo creo que esta vez es peor.

Es como si bastantes escritoras de romántica decidieran que había que hacer activismo, sí o sí. Que la romántica no podía permanecer al margen de la política. Entonces se empeñaron en meter mucho wokismo, cada novela tiene que tratar un Gran Tema (denunciando algo, lo que sea, la esclavitud, o el colonialismo, o el capitalismo, o la heteronormatividad, esas cosas, aunque tengan una visión muy simplista de estos temas y cero conocimiento de Historia).

¿Creéis que exagero? No hará mucho, en una histórica reciente de cuyo nombre no quiero acordarme, que tuvo cierto bombo y se suponía ambientado en el XIX inglés, situaban a una masa furibunda de hombres blancos con carteles manifestándose delante de un taller donde trabajaban mujeres gritando make Britain great again.

¿Iba en serio o era en plan coña? Estaba claro quién eran los malos de la historia. Era todo tan ridículo trasunto del MAGA trumpista que me eché a reír, y no era una comedia.

Sí que agradezco la diversidad. Está bien que no todos sean blancos y anglosajones, el mundo es más ancho e inmenso, culturas variadas que enriquecen la experiencia humana. Ahora, han acabado haciendo una especie de caricatura, parece que estuvieran tachando casillas y te meten un personaje trans-neurodivergente-africano, por hacer bonito, sin tener mayor papel. No sé qué es peor, si la ausencia de personajes diversos o meterlos con calzador y convertirlos en puro cliché, puro queerbaiting.

Claro que hubo denuncia social en la romántica histórica antes de este último lustro. Sin embargo, no se hacía a costa del romance. Ahora es como si de repente pararan, un personaje lanza un sermón al lector y luego reanudara la acción. No se entrelaza de manera atractiva el trasfondo social con la historia romántica.

Yo suelo decir que intentar meter ideas en la cabeza de alguien a martillazos solo consigue romper testas, no prejuicios.

Y a la vista está, que tanto activismo woke no ha servido para que Trump pierda un solo voto (76 millones lo votaron en 2020, 77 millones en 2024, inasequibles al desaliento y a las causas, incluso condenas, de su político favorito), sino que puede haber contribuido (no sé si mucho o poco) para que el partido demócrata haya ahuyentado a 7 millones de votantes (81 tuvo Biden en 2020, 74 Harris en 2024).

(Sí, vale, ya sé, el cuerpo electoral no es el mismo hoy que hace cuatro años, sí que unos pierden votos y ganan otros nuevos, pero a efectos de lo que quiero contar, me sirve el dato).

 Con este segundo mandato de su bestia negra, sinceramente, ya no sé para dónde van a apuntar las novelistas de romántica. Eso que Bill Maher ha llamado Trump Deragement Syndrome no parece que les haya funcionado bien. Pero buenono es mi país y puede que mi análisis sea totalmente equivocado. Bastante tenemos aquí con lo nuestro, con nuestros psicópatas y delincuentes de trapillo, no es para sentirnos orgullosos.

Solo lo traigo a colación por encontrarle alguna explicación al decaimiento de la romántica histórica, que es algo que sí me importa. Por dar una explicación a lo que, creo yo, ha cambiado el género.

Puedo estar equivocadísima. Lo mismo es algo puramente editorial. Igual no se escribe porque no vende, y ya está. Y el meter ideología es un intento desesperado de volver a vender, y no la causa de que no se venda. 

Quizá tengamos que admitir que la romántica histórica es como el teatro, el eterno enfermo que nunca acaba de morir del todo. Un eterno enfermo con una mala salud de hierro.

De cualquier forma, será interesante ver por qué derroteros va la romántica histórica en los próximos años.

Esto me queda ya un poco largo, así que corto aquí y otro día sigo hablando de novela romántica histórica. A ver si consigo hacerlo sin meterme en jardines.